El Taller de Serigrafía René Portocarrero es uno de los centros más importantes dedicados a la experimentación y realización de obras gráficas cubanas.
El Taller de Serigrafía René Portocarrero, fundado y dirigido por Aldo Menéndez en 1984, se convirtió durante la década de los ochenta en uno de los laboratorios artísticos más significativos de Cuba. Este espacio se proyectó como guardián de una nueva tradición gráfica, inaugurando lo que hoy se conoce como la “Escuela cubana de serigrafía artística”. Menéndez, además de pintor y crítico, promovió encuentros y tertulias que alimentaban el pensamiento colectivo y el intercambio creativo. El taller no fue solo un estudio de impresión, sino un hervidero cultural donde confluyeron artistas diversos y se gestaba buena parte del arte gráfico de vanguardia de la época. Su aporte consolidó a la serigrafía como un lenguaje esencial dentro de las artes visuales cubanas.
El taller siempre estuvo más allá de producir obras en serigrafía: albergó un sólido programa de exposiciones, actividades vinculadas a la gráfica y herramientas para la comercialización tanto de piezas originales como de nuevas generaciones de artistas visuales. Allí se imprimieron serigrafías de figuras claves como Wifredo Lam, Servando Cabrera, Alfredo Sosabravo, Choco, Luis Enrique Camejo y Moisés Finalé. Al mismo tiempo, la institución organizó encuentros nacionales e internacionales que cimentaron su reputación como centro de referencia en la promoción de la obra gráfica cubana. Su labor permitió estrechar la relación entre artistas y público, ofreciendo una plataforma vital para difundir el talento local y garantizar su visibilidad en escenarios culturales de gran prestigio, dentro y fuera de la Isla.
Situado en la calle Cuba, entre Teniente Rey y Muralla, en pleno Centro Histórico habanero, el taller se convirtió en un sitio de memoria cultural y técnica, con máquinas que datan de 1982 aún en funcionamiento. Su permanencia ha permitido que jóvenes artistas retomen ese legado, reviviendo un espíritu de creación que aún hoy inspira a nuevas generaciones. Decorado con fotografías históricas que muestran a grandes creadores trabajando bajo el mismo techo, este espacio recuerda la efervescencia cultural de los ochenta y noventa. Actualmente, sigue siendo un punto de encuentro donde tradición e innovación conviven, manteniendo viva la esencia de un lugar que fue, y continúa siendo, un cimiento fundamental para la gráfica cubana.


