Construido según el proyecto del arquitecto español Calixto de Loira, la Necrópolis de Colón contiene obras de algunos de los más influyentes artistas cubanos de los siglos XIX y XX.
Concebida por el arquitecto español Calixto de Loira, la Necrópolis de Colón es considerada una de las joyas más impresionantes del patrimonio habanero. Inaugurada en 1871 con la colocación de su primera piedra, el camposanto se convirtió pronto en un verdadero museo al aire libre, donde confluyen estilos que van desde el románico hasta el modernismo del siglo XX. Su trazado responde a la tradición de organizar la planta en forma de cruz, intersectada por calles que generan cinco plazuelas. En el centro se erige la Capilla Central, de planta octogonal, acompañada de portales que invitan al recogimiento. Monumento Nacional, la necrópolis es además un espacio vivo de memoria colectiva que resguarda el legado espiritual y artístico de la nación.
La portada de la Necrópolis de Colón es uno de los hitos arquitectónicos más célebres de La Habana. Diseñada originalmente por Loira y finalizada por Eugenio Rayneri Sorrentino, esta entrada monumental de inspiración románica alcanza más de 21 metros de altura y está coronada por el grupo escultórico «Fe, Esperanza y Caridad», obra de José Vilalta de Saavedra. En su interior, la riqueza artística se multiplica con creaciones de reconocidos maestros como Rita Longa, René Portocarrero, Max Borges Recio y Juan José Sigre. Cada mausoleo y escultura cuenta una historia, desde símbolos de fe y esperanza hasta interpretaciones modernistas. La necrópolis se convierte así en un compendio del arte cubano de los siglos XIX y XX, testimonio tangible de creatividad y devoción.
Más allá de su valor arquitectónico, la Necrópolis de Colón es un espacio que preserva las huellas de la historia cubana. Entre sus monumentos más destacados se encuentra el erigido en honor a los bomberos, creado por Agustín Querol, así como el antiguo osario con su singular techo a ocho aguas. También sobresale la Galería de Tobías, un pasaje subterráneo de 95 metros de longitud con nichos excavados en las paredes. Pasear por el cementerio es recorrer un mapa de apellidos ilustres de la aristocracia y la burguesía habanera, como los Baró-Lasa, Gómez Mena o Falla Bonet. Cada construcción, cada detalle escultórico, convierte al lugar en una experiencia de contemplación, donde memoria, arte y espiritualidad se entrelazan en perfecta armonía.


