La capital de Cuba podría haber estado rodeada de canales o cafetales, de haberse cumplido los planes que se tuvieron para ella.
Pensar la ciudad a gran escala es una tarea compleja y muy necesaria. Requiere grandes conocimientos técnicos, del territorio sobre el que se actúa y mucha creatividad, pues con este ejercicio se erigen estructuras en ocasiones inéditos dentro del contexto donde se trabaja. La Habana que hoy tenemos es el resultado de la inventiva de urbanistas, arquitectos e ingenieros de todos los tiempos que, siguiendo las ideas más avanzadas de su momento conformaron su tejido. Es resultado también, claro está, del interés que han puesto en ello los diferentes gobiernos.
Normalmente, los principales retos han estado asociados al diseño de la red vial y a la disposición de los espacios libres, de los centros productivos y de aquellos que implican gran actividad pública como los comercios, centros hospitalarios, educativos, etc. Muchos ejemplos pueden surgir al revisar visualmente La Habana actual, sin embargo, también puede resultar interesante indagar en aquellos proyectos que por distintas razones no llegaron a acometerse, pero que atestiguan los grandes planes que en su momento pretendieron transformar la capital.
Todavía en el siglo XVIII, el principal medio de transporte y comunicación eran las embarcaciones, por lo que surgieron ideas tan sui generis como un canal navegable de 91,7 km de largo para unir La Habana con Batabanó. Conocido como Canal de los Güines, se planteó a mediados del siglo XVIII con el objetivo de transportar la madera de los bosques de esta zona hacia el Arsenal de La Habana.
Como proyecto fue retomado por el conde de Jaruco en 1796, y todavía en 1827, Alejandro de Humboldt lo alababa. El canal permitiría transportar en barcos de vapor y con mayor agilidad hacia los mercados de la capital y el principal puerto de Cuba los productos agrícolas e industriales de una de las regiones más productivas del país. Asimismo, constituía un atajo que evitaba bordear la zona occidental de la Isla, tanto por necesidades defensivas como para el trasiego de las mercancías provenientes de Suramérica. Su construcción habría significado la revalorización del surgidero de Batabanó, que entonces se habría convertido en un importante puerto al sur, conectado directamente con el habanero.
Resulta curioso imaginar La Habana con canales navegables, que por puro azar no tiene, pues fue una idea recurrente. A inicios del siglo XIX se pensaba construir un foso ancho desde el actual mercado de Cuatro Caminos hasta San Lázaro. El primer punto, donde entonces estaba el puente de Chávez, se uniría a la bahía por un canal navegable que allí existía. En aquella época el castillo de Atarés quedaba incluso en una especie de islote, ya que un canal natural le rodeaba. Todos ellos fueron cegados a inicios del siglo XX. La idea era que La Habana del XIX se convirtiera en una isla, y así tendría por tierra una triple fila de fortificaciones: primero los castillos de Atarés y el Príncipe, luego el foso y por último la muralla. Protegida del lado este por La Cabaña y el Morro sería inexpugnable.
Otro canal que facilitaría la navegación fue imaginado en 1955, en este caso para agilizar el tráfico portuario de la bahía habanera. La idea era conectar el río Cojímar con la bahía, y así el canal natural de la misma serviría fundamentalmente como entrada, y el río, una vez canalizado y dragado, serviría como la ruta de salida hacia el golfo. De esta forma se pretendía descongestionar el estrecho y único acceso de la bahía y ganar tiempo de navegación para los buques mercantes y turísticos, ya que entonces estaba prohibido que dos barcos circularan al mismo tiempo por el canal del puerto. Se decía que esto también ayudaría a limpiar las aguas de la bahía al facilitar su circulación.
Finalmente La Habana no se rodeó de agua, pero en 1968 sí se quiso rodear de café y gandul, por voluntad del Gobierno revolucionario. El café, aunque era de una variedad robusta llamada caturra, tenía en este proyecto el reto de crecer en distintos tipos de suelos, ya que se pretendía crear una franja productiva de 30.000 hectáreas (19.000 de café) alrededor de La Habana. A los 50 millones de cafetos intercalados con árboles frutales en el Cordón de La Habana, se sumaron 14 millones de posturas de gandul —alimento del ganado—, que requirieron la construcción de 500 kilómetros de cortinas rompevientos para la protección del cultivo. También se debían sembrar 17.000 hectáreas de pasto, 4.000 de cítricos y dos bosques. La incompatibilidad del cultivo del café y el gandul provocó la ruina de un proyecto más voluntarioso que factible. De aquel plan quedó la lección y el llamado a la responsabilidad a la hora de pensar en grande.