¿Algún deseo? Descubre la historia detrás de la tradición de rodear la mítica ceiba habanera para que se cumplan.
Desde mediados del siglo XVIII, La Habana logró legitimar simbólicamente su acto fundacional gracias a un conjunto patrimonial histórico-artístico que registra la primera misa y cabildo celebrada al pie de una ceiba en 1519. Componen dicho conjunto: la Columna de Cagigal (1754) y El Templete (1828), ambos guardianes de aquel árbol primigenio, cuyas réplicas han protagonizado la festividad que se inicia en vísperas del 16 de noviembre.
Envejecida, sin follaje, la presunta ceiba fue reproducida a relieve en la cara Este de la Columna de Cagigal, erigida en el mismo sitio donde se plantó el supuesto árbol primigenio. Sin una referencia contenida en los documentos de la época, la pilastra con la ceiba en relieve arroja la única clave temporal y espacial para ubicar el asentamiento definitivo de la villa habanera. Incluso, aunque la permanencia de ese árbol hasta el siglo XVIII sea una ficción histórica, el monumento lo convirtió en algo verdadero, arraigándolo como señal de identidad.
Retomando la tradición de celebrar a la Villa —conmemoración iniciada en 1754—, fue inaugurado El Templete en 1828, con los cuadros alegóricos en su interior: La primera misa y El primer cabildo, obras que el pintor francés Jean B. Vermay realizara por encargo del obispo Espada. Por ende, junto al simbolismo y ritualidad católicos, el acto fundacional representaba también un hito de carácter jurídico, pues validaba el poder ejecutivo capaz de hacer cumplir las sentencias de acuerdo con las leyes aplicadas en el Imperio español. Ambos componentes de la ceremonia convergían al escoger para celebrarla un árbol robusto y frondoso, convirtiéndolo en una suerte de «árbol de justicia». La ceiba era invocada entonces a conveniencia como único testigo de la iniciación religiosa y jurídica de la ciudadanía.
Con el devenir de los tiempos bastaba que sobreviviera un ejemplar longevo en el entorno de la Plaza de Armas para perpetuar la presencia de ese elemento natural como parte del imaginario colectivo; y es así como cada 15 de noviembre, una procesión de habaneros consuma el rito de rodear tres veces en silencio el tronco de la ceiba. Intermediaria de los mundos terreno y divino, palpar su corteza con las manos, permite que se concedan los deseos.