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El arte del vitral en la arquitectura cubana

Gracias a los oficios rescatados sobrevive el arte del vitral. Se trata de un elemento decorativo que ha marcado pautas en el diseño interior de la casa cubana.

Los vitrales surgieron en la Europa del siglo XII, junto con las primeras catedrales. A Cuba se cree que llegaron desde el Mediterráneo, pues de Italia del Sur y de España proviene la técnica conocida como embellotado —la misma empleada en la Isla—, mediante la cual se insertan los fragmentos de vidrio coloreado en una armazón de madera ranurada. El vitral se convirtió en una de las soluciones más hermosas dispuesta para tamizar la luz y recrear atmósferas interiores donde prima la magia de los colores.

Nacimiento del vitral en Cuba

La prosperidad de la colonia trajo consigo el nacimiento de una poderosa clase social que pronto alzó sus moradas. Justo en ellas se introdujo el vitral como solución ante la luminosidad del Caribe y su clima. Este primitivo carácter utilitario, unido a la ausencia de vidrieros expertos, hizo que los vitrales coloniales tuvieran diseños muy simples con predominio de formas geométricas. El vidrio coloreado se importaba de Bohemia y una vez en la Isla el cristalero esmerilaba y cortaba, mientras el carpintero empotraba los fragmentos en la madera, de acuerdo con el diseño previamente concebido.

La vitralería de medio punto y la luceta, decoraron ventanas suntuosamente enrejadas, puertas apersianadas que miran hacia la calle, así como galerías y patios interiores donde los juegos de luz engendran caprichosas siluetas . El vitral, también encontró asidero en otras tipologías edilicias y es que además de su concepto decorativo, puede transmitir diversos mensajes ya sean religiosos, políticos o económicos, similar a una pintura o escultura. Por ello, su uso fue recurrente en iglesias, sepulcros y edificios públicos.

El vitral republicano

Cuando las altas clases sociales desplazan su centro de La Habana Vieja a otras zonas de la ciudad, surgen inmuebles de mayor envergadura. Debido al acelerado ritmo constructivo, el vitral se torna más complejo y con la misma prontitud se enriquece su forma: carpaneles, ojivales, arábigos, de herradura, lucetas rectangulares y óculos de todos los tamaños engalanan los nuevos salones de los acaudalados y orgullosos criollos. Palacetes y villas, hoteles, bancos, edificios estatales y oficinas comerciales se llenan de vitrales que, a diferencia de los coloniales, fueron realizados con la técnica norteuropea del emplomado y abandonan el geometrismo del siglo anterior para introducir motivos europeos con temas paisajísticos, heráldicos, históricos y religiosos.

Durante el siglo XX, los vitrales adornaron vestíbulos de edificios emblemáticos como el Banco de La Habana y la Biblioteca Nacional. En residencias de lujo e instituciones de prestigio, solían encontrarse vitrales junto a las escaleras y en estancias cercanas al jardín. Ejemplos relevantes son los vitrales de la residencia de Narciso Gelats —sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba—, la Casa de la Amistad y el Museo Servando Cabrera. Destacan de igual forma los de las armas nobiliarias de Juan de Pedro Baró, esposo de Catalina Lasa, y los que decoran la tumba de esta dama, en ambos casos de la autoría del francés René Lalique, uno de los vidrieros europeos más famosos de todos los tiempos, de quien Baró fuera mecenas.

Reinterpretación y actualidad

A partir de los años cuarenta se impone definitivamente en Cuba la cultura norteamericana con sus códigos abanderados del pragmatismo y la modernidad, y los vitrales son sustituidos por ventanales de cristales calovares y la famosa persiana americana. Entonces sobreviene un impace donde el vitral queda relegado, y solo destacadas figuras de la plástica como René Portocarrero y Amelia Peláez le dedican su atención. 

En la segunda mitad del siglo XX, Celia Sánchez insufló nueva vida al vitral cubano, abriendo un taller donde jóvenes artistas de la plástica se iniciaron en este hermoso arte. Entre ellos destacó Rosa María de la Terga, discípula del vitralero italiano Nino Mastellari. En aquel entonces Rosa María, joven estudiante de diecisiete años, tomó parte en la elaboración del vitral que decora el restaurante Las Ruinas, del Parque Lenin, realizado por el maestro sobre un diseño de Portocarrero.

A Rosa María de la Terga se debe, sustancialmente, el nuevo auge del vitral en Cuba. Son de su autoría, solo por citar algunos ejemplos, los magníficos lucernarios del Café del Oriente y el hotel Raquel, las vitrinas de la perfumería Habana 1791, y la espectacular cristalería de la Iglesia de Paula. También ha decorado el hostal Los Frailes y un sinnúmero de inmuebles remodelados por la Oficina del Historiador. Apenas puede mencionarse un trabajo de rescate de la historia capitalina donde no aparezca la huella de su estilo.