Pocos sitios tributan tanto a la historia de una ciudad como lo ha hecho a través del tiempo la Bahía de La Habana.
Pocos sitios tributan tanto a la historia de una ciudad como lo ha hecho a través del tiempo la Bahía de La Habana. Es ella per se, el patrimonio natural que posibilitó la edificación de los Monumentos Nacionales que la rodean, incluso el conjunto de aquellos que hacen de La Habana Vieja y sus Sistema de Fortificaciones, Patrimonio de la Humanidad. El desarrollo de la capital ha dependido, desde su génesis, de este bellísimo accidente geográfico.
La Bahía de La Habana posee una entrada estrecha que se amplía hacia el interior como un bolsillo de varios lóbulos, esta condición ofrece protección adicional a las embarcaciones convirtiéndola en una de las más seguras de América. Seleccionada por los españoles para fundar definitivamente la ciudad en 1519, gracias a ella creció la vida de la entonces Villa de San Cristóbal crisol para el desarrollo posterior de nuestro archipiélago.
En la Bahía estuvo el Puerto de Carenas, génesis del Puerto de La Habana y sitio de descanso para los barcos en las primeras etapas del «descubrimiento». Con el tiempo se convirtió en el punto de concentración de las flotas que se dirigían a España, y más tarde en el mejor astillero de la Armada Española, El Arsenal.
A partir de 1561, con el establecimiento de la Flota de Indias, la ciudad comenzó su vertiginoso progreso acentuado justo en la zona inmediata al litoral de la bahía, en la cual se erigieron los principales núcleos residenciales y edificios públicos. El azúcar y el comercio que circularon por ella, influyeron notablemente en que la urbe experimentara no solo un profundo proceso de expansión de su territorio sino también de crecimiento demográfico, socioeconómico y cultural, factores que convirtieron a La Habana en una de las ciudades más ricas y notorias de la época.
Su posición y fortuna provocaron codicia. Los ataques de piratas y corsarios, así como las tempranas intenciones expansionistas de Francia, Inglaterra y Holanda obligaron al establecimiento de un sistema defensivo que inicialmente se extendió desde la desembocadura del río La Chorrera, hoy Río Almendares, hasta la entrada del canal de la bahía. Hoy es posible disfrutar de estas fortificaciones si paseas por la bahía. Del mismo modo, encontrarás pequeñas embarcaciones fondeadas, que con uno o dos tripulantes se hacen a la mar cada noche, en busca de algún preciado ejemplar de escama.
Por los muros del malecón habanero recorren, caña en mano o a cordel y anzuelo, los pescadores de orilla para intentar capturar algún ejemplar de los cardúmenes detectados por la efervescencia de las aguas. No más observar el arisqueo, parece que el agua bulle en la superficie, y allá van, junto a hombres y mujeres, las gaviotas o algún que otro pelícano en busca de una cuota de comida.
Hacia el lado este del interior de la bahía se vislumbran los barrios de Casa Blanca, guardián del Cristo de La Habana, y Regla, cuya iglesia está precisamente consagrada a la virgen homónima o Yemayá como la nombran quienes ponen su fe en la tradición Yoruba. En esta zona del litoral se produce un hecho ecológico fascinante y es la existencia del manglar de la Triscornía, que no solo ha resistido los embates de la contaminación, sino que acoge a numerosas especies de aves, resultando un refugio excepcional para ese tipo de fauna.